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¿Y si mi hija me dice que es un gato?

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Hace unos días, una amiga me preguntó en tono de broma:
—¿Qué tú harías si tu hija un día te dice que se siente un felino?

Yo, también en broma, respondí:
—Bueno, supongo que le daría cueritos de pollo crudo.

Nos reímos.

Pero después me quedé pensando.

Porque el problema no sería el pollo crudo. El problema sería mucho más profundo.

Vivimos en una época donde la identidad ha dejado de ser una realidad que descubrimos para convertirse en algo que diseñamos. Y en ese terreno han surgido fenómenos como el de los llamados “therians”: personas que afirman tener una identidad interior no humana, generalmente vinculada a un animal.

Como periodista, mi primera reacción no es burlarme. Es preguntar.
¿Es literal? ¿Es simbólico? ¿Es espiritual? ¿Es psicológico?

No se trata de caricaturizar a nadie. Se trata de entender qué está pasando en nuestra cultura para que, en algunos casos, la identidad humana parezca insuficiente.

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung hablaba del arquetipo animal como parte del inconsciente colectivo: lo instintivo, lo salvaje, lo primario que vive dentro de nosotros. Pero Jung proponía integrar esa dimensión, no sustituir la identidad humana por ella.

Décadas después, el sociólogo Zygmunt Bauman describió la “modernidad líquida”: una sociedad donde todo es flexible, transitorio, moldeable. Incluso el concepto de quiénes somos.

Y aquí es donde la pregunta deja de ser anecdótica.

Si mi hija me dijera que se siente un gato, yo no estaría preocupada por si quiere maullar. Estaría preocupada por qué vacío está intentando llenar. Porque ninguna identidad surge en el vacío. Surge en un contexto cultural.

No estamos ante un diagnóstico reconocido por la Organización Mundial de la Salud. Tampoco ante una epidemia médica. Estamos ante un fenómeno cultural.

Y los fenómenos culturales siempre dicen algo de la sociedad que los produce.

Quizás el verdadero debate no es si alguien puede sentirse animal. El verdadero debate es por qué ser humano ya no parece bastar para algunos.

¿Estamos fallando en transmitir el valor, la complejidad y la riqueza de lo humano?
¿Hemos convertido la identidad en un proyecto infinito de reinvención sin raíces?
¿O estamos ante una generación que, criada entre pantallas y avatares, ya no distingue con claridad entre símbolo y sustancia?

El respeto es indispensable. Nadie merece burla. Pero el respeto no implica renunciar a pensar críticamente.

Porque si todo puede redefinirse sin límites, la pregunta inevitable es:
¿qué permanece?

Tal vez más que necesitar nuevas identidades, necesitamos una reconciliación profunda con nosotros mismos. Con nuestra naturaleza. Con nuestra condición humana, imperfecta pero suficiente.

Y quizás, si alguna vez mi hija me hace esa pregunta en serio, mi respuesta no será el pollo crudo.
Será sentarme a escuchar qué está intentando decirme.

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